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1674-1678
Hay otra razón por la que están aquí.
Cuando la iglesia del Hospital Virgen de Montserrat fue derribada en 1903, el retablo se desmontó para conservarlo. La mayor parte de sus piezas se trasladó al convento de Santa Isabel, en la calle Atocha, y allí desapareció en el incendio de 1936. Las columnas se salvaron porque sus dimensiones impidieron aquel traslado y fueron conservadas en el Palacio Real.
Fíjate en el azul.
Durante la restauración se repareció el azul lapislázuli original, que había quedado oculto bajo barnices oscurecidos y repintes. Ese contraste entre el azul y el oro devuelve a las columnas parte de su efecto inicial y explica muy bien qué buscaba este lenguaje barroco: no pasar desapercibido.
No son solo cuatro columnas monumentales: son una forma de convertir la arquitectura en espectáculo.
Se llaman salomónicas por una asociación muy extendida en la tradición barroca con las columnas del Templo de Salomón. Y solo con mirarlas se entiende por qué fascinaron tanto: el fuste retorcido rompe la quietud y hace que la estructura parezca moverse delante de ti.
Lo primero que atrapa es ese giro en espiral, cubierto de hojas de pámpano y racimos. Aquí el barroco no busca serenidad, sino intensidad: altura, brillo, volumen y una sensación constante de ascenso. Más que sostener, estas columnas parecen escenificar el poder.
Miden 5,65 metros, pesan casi 600 kilos cada una y fueron realizadas con ocho tablones ensamblados de pino de Valsaín, tallados y dorados. Son una demostración de virtuosismo técnico, pero también de ambición visual: piezas hechas para que la mirada no se quede quieta.